Una Argentina de Vinos Blancos POR JOAQUÍN HIDALGO | 09 JUNIO 2020

Una Argentina de Vinos Blancos

POR JOAQUÍN HIDALGO | 09/06/2020

En el país del Malbec, buena parte de los vinos más innovadores hoy son blancos.  Cualquiera podría pensar que aquí en el sur los productores de vino perdieron la brújula. Pero no. Es que detrás de una marea de tintos maduró a lo largo de la última década y media una revolución blanca que, silenciosa pero con energía suficiente, pone a ciertos Chardonnay y Semillón a la par de los mejores Malbec del país.

Vengo siguiendo de cerca esta revolución. He visto cómo los productores pasaron de la desconfianza a la curiosidad y de la curiosidad a la certeza sobre los buenos blancos que se pueden producir en Argentina. Y en paralelo, también fuimos todos testigos del ascenso de nuevas regiones y un conocimiento más profundo sobre los vinos posibles.

Así razonó desde California  el enólogo Paul Hobbs, protagonista de este salto adelante, durante la entrevista que hicimos para Vinous Live: “Los cambios más profundos no vinieron de la enología, sino de los terruños”. Y es ahí donde hay que descubrir el silencioso proceso de reinvención estilística.

Debida a su altura el pedemonte en Valle de Uco atraviesa las zonas Winkler III a la I conforme se asciende. Tanto Gualtallary como San Pablo ofrecen viñedos en las tres áreas.

Las Montañas y el Frío

Como punto de inicio de esta revolución hay un dato duro: desde 2002 los viñedos de Chardonnay en Mendoza crecieron casi 1173 hectáreas (un 31% más). De ellas, 655 fueron plantadas en el Valle de Uco, en zonas Winkler III a I, la escala que clasifica zonas de cultivo basada en la acumulación de días de calor desarrollada por A. J. Winkler y Maynard Amerine en UC Davis.

Hoy, la provincia alcanza un total de 4972 hectáreas de las que el 50% está plantada a contar desde los mil metros de altura, una línea imaginaria que define el área Winkler III.

Ese es el escenario sobre el que se lleva a cabo esta revolución, “que puede ofrecer estilos nuevos con cierto volumen de producción”, en palabras de Sergio Casé, enólogo jefe de Trapiche. Para el caso del Chardonnay, la conquista de zonas frías se traduce en un claro paso adelante. Pero si las estadísticas son frías, hablemos de lugares donde calienta el sol: Gualtallary, el Peral, La Carrera, San Pablo y Los Chacayes son distritos en el Valle de Uco que vieron crecer nuevos viñedos entre 1400 y 1750 metros en un paisaje desértico y frío, con una insolación tan extraña en el mundo que incendia los manuales del Chardonnay.


Para decirlo de otra manera: algunos de esos nuevos viñedos son tan fríos y tan soleados como si la Borgoña se mudara a Jerez (valga la licencia poética). De ahí no pueden salir más que rarezas que hoy encuentran nuevos caminos gustativos. La cata lo sustenta. Para este reporte probé unos 170 blancos de Argentina, 70 de ellos Chardonnay. Y en cada uno donde encontré concentración, intensidad y perfil frutado, floral y a la vez herbal, la altura explicaba el resultado. 

“Lo que pasa ahí arriba es de otro planeta –dijo Matías Riccitelli, productor responsable de un puñado de Chardonnay elaborado a 1500 metros– porque no llegamos más allá de los 20 o 21 Brix, pero con perfiles de fruta madura”. Si, además, la combinación de suelos es la indicada, pedregosos o con abundancia de carbonatos en depósitos, el paladar se constriñe y ganan precisión. Son lunares geológicos a la sombras de las montañas.

El terroir está marcando a fuego el nuevo perfil de Chardonnay en Argentina. Subrayarlo es el desafío de los enólogos. Están quienes exploran una crianza refinada para revelarlo, como el enólogo Alejandro Vigil. En El Enemigo, elaborado con uvas de Gualtallary, “1/3 de la crianza en barriles tiene velo”, dijo. El resultado es un paladar generoso por la fruta y el roble y austero por la flor, con la impronta aromática y volumen de un Chardonnay de elevada frescura.


Viñedo Cepas del Plata en El Peral, Tupungato, plantado en 2005. A una altura de 1550 metros, fue uno de los viñedos que fueron más alto en la zona. Los suelos aluviales son los típicos del área: heterogeneous y con piedras. En el mapa dentro de la foto, se aprecia en distintos colores.

Pero así como Vigil apuntala el carácter con la crianza, otros productores persiguen la pureza como horizonte. Sebastián Zuccardi es devoto de esta línea y Zuccardi Fósil, el más acabado de sus vinos. “En San Pablo lo que obtenemos es una madurez tardía, con elevado pH y acidez, con aroma herbal más que frutado”, dijo. Preservar ese carácter es el foco de su enología. 

En la misma línea, Alejandro Sejanovich, quien elabora Chardonnay en diversos terroir del Valle de Uco para bodegas líneas Zaha, Teho y Buscado Vivo o Muerto, sostuvo que “hay muchos matices para descubrir, combinando crianzas precisas y puntos de vendimia más ajustados”. Esa es la maquinaria que hoy alcanza su momentum y que ganará precisión en el corto plazo.

No son los únicos. Otros productores a considerar en esa línea son Bramare Appaletion, Cadus, Salentein Single Vineyard, Trapiche Medalla  y Adrianna Vineyarda White Bones y White Stones, cuya nueva añada no caté para este reporte pero que claramente hacen punta en esta revolución.

El Tomillo es el viñedo de Familia Bemberg, plantado en 2013 en Gualtallary, Tupungato. Tomillo remite a una hierba que crece a esa altura y cuyo perfume recuerda a la hierba mediterránea.

Otras Fronteras…

A la altura, sin embargo, hay que sumarle el otro horizonte de frío: la frontera austral que, por el contrario, está lejos de ofrecer volumen o concentración, pero sí delicadeza. Este año llegan al mercado los primeros blancos elaborados en el extremo sureño, en una latitud tan austral como 45° 30’, en el medio de la estepa patagónica. Probé dos blancos de allí, y Otronia Chardonnay promete. Sin embargo, la provincia de Chubut ofrece también viñedos sobre Los Andes de los que, a cuenta gotas, se consiguen algunas botellas. Para seguirle los pasos.

Más pequeñas aún, pero de relevancia en términos gustativos, son las nuevas zonas oceánicas. Con unos lunares de viñedos a escasos kilómetros del mar, hoy es posible probar blancos de zonas frías y marítimas. En ese sentido, dos productores destacan: Trapiche Costa & Pampa, en la provincia de Buenos Aires, y Wapisa, en Río Negro.

Cosecha bien entrado abril en la Patagonia. Chubut es hoy la frontera austral para el vino Argentino a una latitud tan alta como 45º30.

Viejas Viñas, Nuevos Vinos

Una de las cosas que más llama la atención de Argentina es que los productores puedan elaborar viñas viejas. Si en el Chardonnay la revolución viene dada por la novedad de los terruños, en el Semillón en cambio es el redescubrimiento de viejos viñedos adaptados a técnicas modernas lo que provoca silbidos de asombro.

El padre de esta idea es Roberto de la Mota, enólogo de larga trayectoria, quien en 2009 elaboró el primer Semillón de una nueva era: Mendel. “Quería hacer el vino que hacíamos con mi padre –otro legendario enólogo argentino, Raúl de la Mota– y tuve la chance de volver a comprar la misma uva”, dijo. Un viñedo de unos 80 años en Luján de Cuyo. Lo elaboró con crianza en roble, pero cuidando al detalle la debilidad aromática de la variedad. El resultado dejó con sed a los críticos y a muchos consumidores, a la vez que encendió una modesta carrera por el varietal.

En esa línea de elegancia, empezaron a trabajar otros productores, con o sin roble. Hoy, el modelo de elaboración para Semillón busca un perfil delicado, con una cosecha no siempre fácil, que privilegia la fruta. Las viñas viejas, por su parte, aportan un sistema radicular completo que morigera el efecto de algunos calores y aporta matices. En total, Semillón de más de 40 años hay unas 270 hectáreas en Mendoza (111 en Tupungato, 93 en Luján de Cuyo) y otras 30 en Patagonia. De esos dos destinos es posible beber los más atractivos, como Riccitelli Old Vines, Callejón del Crimen Perla de Parcela o El Enemigo.

El Gewürztraminer es una apuesta diferenciadora para la Patagonia profunda, ya que casi no se lo encuentra en otras zonas del país.

Otra Ecuación para el Torrontés

Hay una sola razón por la que en Argentina se insiste con el Torrontés Riojano como bandera: es un vino patrimonial y diferente. Razón más que suficiente, aunque está destinado a paladares algo funky. Como sucede con algunos excéntricos vinos griegos, el Torrontés está en la línea de los aromáticos de cuerpo flaco que, de la mano de una mejor precisión en la madurez, empieza a entrar en el área de la elegancia. 

Como su ancestro Moscatel (el Torrontés Riojano es un cruce de aquella con Listán Prieto) es una uva terpénica. En el Noroeste argentino (2980 hectáreas de un total de 7900), ese carácter es entendido como un trazo local y es el costado que todos conocemos: azahar, pétalos de rosas y paladar flojo. Pero en Valle de Uco (174 hectáreas), donde se lo explora en una región más fría, la ventana de madurez es otra y se puede elaborar un Torrontés sin esos terpenos. Lo mismo en Patagonia (88 hectáreas). Y el vino es cítrico, con perfume de azahar y boca de graso medio y frescura firme.

Gualtallary es una de las áreas de producción de blancos más altas de Mendoza. Nuevos viñedos como este, propiedad de familia Lagarde, fueron plantados recientemente.

Así, la variedad queda terroirísticamente esquizoide para el consumidor. En el Norte da una cosa, en el sur y la montaña otra. El enólogo José Lovaglio, de Susana Balbo Wines, es uno de los cultores del nuevo perfil para el Torrontés con uvas de Paraje Altamira: “Hemos tenido experiencias muy positivas en zonas de frío y altura –dijo– donde crece bien y desarrolla otros aromas además su tipicidad terpénica. Logramos acidez, mayor peso en media boca y un vino más largo también.” 

Sin embargo, este año probé algunos ejemplares que, bien mirados, podrían ser eslabones perdidos entre las dos personalidades del Torrontés Riojano. Vienen de Cafayate, en el NOA, pero fueron pensados con un perfil distinto y cosechados en consecuencia anticipadamente. Vale la pena seguirle el rastro: son Abras y Terrazas Reserva Torrontés. Respecto de este último, su enólogo, Gonzalo Carrasco, dijo: “El 2019 fue un año excepcional en los Valles Calchaquíes y pudimos cosecharlo con otro perfil aromático, sin las rosas que lo hacen empalagoso”.

San Pablo es una de las flamantes Indicaciones Geográficas de Argentina. Este viñedo, propiedad de Bodega Salentein, está ubicado en el límite inferior de la IG a 1180 metros sobre el nivel del mar.

Sauvignon Blanc & White Blend

Volvamos al desarrollo de nuevos terroir para las variedades blancas. Pero ahora ampliemos el espectro a otras uvas. Mientras que Sauvignon Blanc no parece un varietal con discurso propio –salvo aquellos hoy cultivados a 1700 metros, como Riccitelli Vino de Finca o elaborados en forma austera, como Eggo de Cal–, y otras experiencias con Verdejo, Gewürztraminer, Marsanne y Albariño son entre erráticas y atractivas, es en la combinación de uvas donde aparece un plan especial.

La mezcla de blancas de viñedos de altura está dando algunos resultados para entusiasmarse. Con origen en el Valle de Uco, hay dos vinos pioneros en esta idea cuyas nuevas añadas probé. Son Gran Lurton Corte Friulano y Susana Balbo Brioso White Blend. Siguen en forma y trazan un arco atractivo de complejidad aromática y gustativa, cada vez más anclados en la frescura como elemento central. 

Visité el viñedo Cepas del Plata la primavera pasada. Era una clara mañana de octubre luego de una madrugada helada. En las montañas se observa la nieva caída en una de las últimas tormentas del año.

Claro que hay más ejemplos como ellos. Sin embargo, ambos vinos marcaron un camino que hoy gana profundidad en las copas, siempre con uvas de altura: Proyecto Hermanas, Blanco de La Casa y Edad Modern, Rutini Antología L de Gualtallary, o Catena Appellation para Luján de Cuyo, son buenos ejercicios innovadores.

Ahora bien, toda esta ebullición del fin del mundo tiene un correlato en precios. Con un grueso apalancado en los 20 dólares, dólares más o dólares menos, Argentina hoy ofrece un panorama refrescante para consumidores con sed y ganas de no asumir grandes riesgos, tal como funciona el Malbec.

Pero mientras que gastar 50 dólares o más por un Chardonnay austral es una apuesta seria, conviene tener este último argumento a mano a la hora de definir la inversión: no hay otro lugar en mundo –hasta ahora– en el que probar esa rara combinación de intensidad, madurez y frescura que ofrecen los viñedos de altura. La recompensa se esconde en algunas de las mejores botellas reseñadas en este reporte.


Compartir esta publicación


Dejar un comentario

Por favor tenga en cuenta que los comentarios deben ser aprobados antes de ser publicados